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lunes, 6 de diciembre de 2010
Ponerse en el lugar del otro
Creo que todos estamos de acuerdo, porque lo hemos experimentado en nuestra vida diaria, en que la convivencia es difícil. Cada uno de nosotros tiene distinto carácter, ha crecido en una familia distinta, ha recibido distinta educación… Nuestros gustos son diferentes en lo que se refiere a la comida, el vestir, el arte, las ideas políticas, las creencias religiosas… Todo ello hace que cada individuo se convierta en un ser "único". Y eso está bien, nada sería más aburrido que tener que vivir entre cientos de clones. Pero, para que todo funcione medianamente en este mundo habitado por millones de individuos "únicos", es esencial que no nos falte nunca el sentido común y el respeto hacia el otro; aunque ese otro piense distinto que yo.
Y ahí es donde fallamos. A menudo se nos olvida que nuestros derechos terminan justamente en el punto exacto en el que empiezan los derechos de los demás.
Creemos que en nombre de nuestra absoluta libertad podemos hacer o decirlo todo, aunque con nuestra actuación ofendamos los sentimientos o las creencias de los que no piensan como nosotros. ¡Y no es así! El mundo sería mucho más habitable si cada uno de nosotros fuese respetuoso con los demás.
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