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viernes, 3 de diciembre de 2010
Sobre el maltrato femenino
Se llama Mónica y es rumana. Como otros muchos miles de compatriotas ella y su marido vinieron a España hace unos años con la ilusión de forjarse una vida mejor. Los comienzos fueron duros. Distinto idioma, distintas costumbres, trabajos mal remunerados, dificultad para encontrar una vivienda digna y, sobre todo, el dolor de haber tenido que dejar en su país a su hijo, al cuidado de los abuelos. Algún tiempo más tarde les nació otro hijo. Poco a poco las cosas fueron mejorando y al fin consiguieron la reagrupación, familiar y un buen grado de integración en el pueblo.
Hace ya tiempo, leyendo las noticias de su país a través de la página web de un periódico rumano, se topó con la noticia de que sus padres y una hermana habían resultado heridos por arma de fuego. Su hermana había iniciado los trámites para su separación, y el marido, un antiguo militar, amparándose en la fuerza que conceden las pistolas, quería evitarlo. Casi convirtió a su exmujer en un colador y no tuvo ningún reparo en disparar contra los que se pusieron por el medio para evitarlo.
Hasta aquí lo ocurrido en este caso concreto. Pero esto no sólo ocurre en Rumania. También en España el maltrato a la mujer se ha convertido en un problema grave. Raro es el día en el que no nos llegan noticias de mujeres agredidas, con resultados de importantes lesiones, e incluso de muerte. ¿Qué explicación puede darse a este fenómeno?
Son demasiados los hombres que confunden el amor con el derecho de propiedad y el sometimiento. Y eso, poco tiene que ver con el verdadero amor. ¡Ojalá que el amor durase para siempre! Pero muchas veces no es así. Si llega el momento en que el amor se acaba, el hombre no puede utilizar la fuerza para retener a su pareja.
Quizás este fenómeno sea en el fondo un problema de educación que arrastramos desde hace muchos años. Deberíamos preocuparnos seriamente de que los niños, desde bien pequeños, aprendieran que hombres y mujeres somos iguales y que el amor es un don que se da y se recibe desde la libertad y el respeto hacia el otro. ¡Jamás desde la imposición y la violencia! Expresiones como: "Tú harás lo que yo te diga" "Haré contigo lo que quiera" "Serás mía o de nadie" y otras parecidas, deberían desaparecer para siempre de la faz de la Tierra.
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